Yo era una tía del montón,
de verso no medido y poca sabiduría.
De las que se entregan de noche
pero salen corriendo de día.
Mi desorden me ordenaba.
Solo me entendía yo.
Una mezcla de niñez y tequila
que contigo tropezó.
Llegaste como una bomba,
destructiva, sin temporizador.
No tuve tiempo a refugiarme
cuando ya me habías quitado el pantalón.
Tu trabajo, tus tres hijos, tu casa,
tu historia, tu piel, tu cama.
No me ocultabas tu vida, y yo,
cada días más culpable de sentirme enamorada.
Tu tranquilidad te delataba:
no era la primera vez.
Entonces yo pensaba tranquila:
"imposible que nos pillen haciéndolo en este hotel".
Lo peor de todo: me sentía bien.
Me fui alejando del miedo
y cada vez estaba más convencida
de que la culpa de todo la tenía su mujer.
Nunca había sido tan mala.
Tampoco tan buena en la cama.
Si me sentía mal por algo era por mí:
lo compartía, me escondía y se ocultaba.
Y llegó el número cuatro.
Tonta de mí por haberte amado.
El amor prometido en sexo no era mío
y ahora solo me queda tu "adiós" amargo.
De mi puerta salió corriendo al hospital,
pues el cuarto ya estaba en camino.
Y así acabó nuestra historia.
Y así terminó conmigo.
Desperté de este sueño tan raro
y hasta mi cuerpo parecía distinto.
Él empezará otra historia,
al menos, hasta que llegue el quinto.
Cristina López.
No hay comentarios:
Publicar un comentario