No sé si seguirás teniendo en tu mesa de noche la armónica que nunca me devolviste.
No sé si todavía guardas los audios con mi voz de fondo de todas las melodías que compusiste.
Que caros me salieron aquellos cuatro besos...
Pero no voy a mentirte,
más bien voy a ser todo lo sincera que tú nunca fuiste,
y voy a confesarte que las baldosas frías de tu casa
no tenían nada que ver con lo feliz que me hacías.
Quizás tu guitarra era más culpable de esa felicidad que tus besos,
y hoy que han pasado dos veranos y medio puedo decirte desde aquí
que la palabra "amor" no te definía ni de lejos.
Sin embargo, nos divertimos bastante aquellos meses de sol y música en la azotea,
de perderme hasta tu casa cuando comenzaba el día
y no volver a pisar la mía hasta que tropezábamos con la noche
y me acompañabas hasta mi puerta.
No eramos ni siquiera nuestros propios ideales,
pero nos encantaba disparar a la guitarra un par de letras sueltas al día
mientras nos convertíamos en amigos confundidos
que se acabaron dando abrigo entre besos y alguna batalla de combatiente herido.
No sé cómo acabé imponiéndote mi estabilidad,
ni sé como terminaste desestabilizando la mía,
pero cogiste como rutina llamarme después de las tres
y yo me acostumbré a oír tu voz mientras todavía comías.
Lo confirmo: no era amor.
Mira que te busqué en diccionarios pero nada te definía.
Ni siquiera aquel papel que escribimos borrachos
ni la foto en la que salíamos abrazados en la esquina.
Lo confirmo: era extraño.
Aprendí que decir "amor" no tiene ningún parecido con eso de querer a ratos,
y mientras tú seguías dibujando ratones y creciendo a plazos
a mi no me quedaba nada en mi cuenta corriente excepto mis pasos,
que gasté uno a uno por tu pasillo
mientras me dejaba la armónica en tu cama junto con algunos recuerdos olvidados.
Cristina López.
No hay comentarios:
Publicar un comentario